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Las balas de Cupido (Afecciones cardiacas)

Graffiti en la pared de una céntrica calle de París (imagen extraída de: http://mesa-revuelta.blogspot.com.es/2012/04/hace-unas-semanas-fotografiamos-este.html)

Graffiti en la pared de una céntrica calle de París (imagen extraída de: http://mesa-revuelta.blogspot.com.es/2012/04/hace-unas-semanas-fotografiamos-este.html)

Tenía sólo trece años cuando trajo al mundo a su primer hijo. Sólo catorce cuando llegó el segundo. No todo es blanco o negro…, hay culturas, sociedades, o contextos cuyos focos matizan las percepciones, pero sucesos de este calibre en la recién estrenada adolescencia de una mujer, quizás, no sean los mejores augurios de una vida fácil. Los hijos de Helen, aquella chiquilla nacida en una granja del Condado de Brunswick, Carolina del Norte, se criaron con sus abuelos. Ella les confió su custodia y educación, marchando a los quince años a vivir con su madre, residente en la ciudad ribereña de Wilmington. Allí, después de un periodo de apatía emocional, producto de su última desilusión sentimental, inició una relación con un contrabandista que, bien sobradamente, le doblaba la edad. El traficante quedó prendado enseguida de la lozana, guapa y extravertida Helen. A ella, más que agitársele el corazón, lo que le encandiló de aquel señor fue la cantidad de dinero que manejaba. Unos meses después de conocerse decidieron unirse para siempre, hasta que la muerte los separase. Tal fue así dos años más tarde. En el momento en que se conoció el ahogamiento de su marido, Helen More se convirtió en una viuda de diecinueve años. Tras el funeral, los familiares del neoyorkino difunto ofrecieron cobijo a la joven, y así es como ésta dio el salto a La Gran Manzana.

Los atractivos de Nueva York pueden ser deslumbrantes para cualquier persona, tal vez más aún para alguien que ha crecido en un entorno rural. La ciudad que, en un principio, le iba a dar hospedaje por unas semanas, supuso para la muchacha un terreno bien abonado sobre el que no tardaría en echar raíces. Pronto encontró un trabajo y se pudo independizar de su familia política. Después comenzó a frecuentar clubes nocturnos donde se podía disfrutar del mejor Jazz envuelto en nubes de humo, conociendo a multitud de personalidades alrededor de la escena musical, y también alrededor de las drogas. Helen no se ponía. Precisamente por eso, a veces, algunos camellos le solicitaban amparar sus mercancías, encontrando en ella las garantías suficientes de no perderlas a las primeras de cambio en cualquier reservado o en cualquier retrete.

Helen se ganó el respeto de todos los músicos del momento. Los invitaba a su apartamento de la Calle 53, entre la Octava Avenida y la Novena, donde estaba vetado el uso de la heroína y vicios similares. Un refugio tranquilo y acogedor en el que poder desconectar de la procelosa vida nocturna y disfrutar de la exquisita cocina de su anfitriona. En alguna de aquellas reuniones, bien pudo ser durante los primeros meses de 1960, conoció a un joven trompetista poco abrigado. “Nene, hay cero grados ahí fuera y lo único que llevas encima es una chaqueta, ¿dónde está tu abrigo?”, le preguntó. “No tengo, está en la casa de empeños”. En mitad de los rigores invernales de Nueva York, el chaval que ya había despuntado como solista en las giras de la Big Band de Dizzy Gillespie y del grupo de Art Blakey, The Jazz Messengers, se había desprendido de su abrigo a cambio de unos pocos dólares con los que conseguir un par de dosis de azúcar marrón. Pero lo peor no era eso, sino que había empeñado también su hacha con la misma finalidad. “¿Cómo va a trabajar un carpintero sin herramientas?”, inquirió la mujer a todos los presentes…

Lee Morgan gone too soon. Andres Chaparro (imagen extraída en: http://pinterest.com/pin/339740365609501307/)

Lee Morgan gone too soon. Andres Chaparro (imagen extraída de: http://pinterest.com/pin/339740365609501307/)

Días más tarde, Helen se encargó personalmente de que aquel incipiente genio de la trompeta recuperase la pelliza y el instrumento, acto que resultó en la apertura de una brecha en el corazón del músico. Al tiempo, el uno se había instalado en la vida de la otra, y viceversa, siendo las calles del Bronx y Manhattan testigos de un idilio que se extendería durante aproximadamente una década. Ella lo alimentó, lo cuidó y mimó hasta el extremo y, aunque no consiguió apartarlo definitivamente de su adicción al caballo, jugó un papel esencial en el retorno de Lee Morgan a los escenarios. Tomando las riendas de la gerencia comercial del exitoso quinteto que encabezaba, tuvo que convencer a los propietarios de los garitos de que el artista cumpliría escrupulosamente con la parte que le tocaba en cada uno de los contratos que cerrase. De este modo, Morgan recobró la credibilidad que en años anteriores había minado a base de reiteradas informalidades.

El período que va de 1965 a 1970 fue una época dorada en la carrera del Maestro. Le llovían los contratos, en parte, gracias al éxito obtenido con el mítico álbum The Sidewinder (1963), o con The Gigolo (1965). Comenzó a ingresar importantes sumas de dinero que le servirían, entre otras cosas, para seguir nutriendo sus desquiciados hábitos. Según cuenta Helen More, parece que esta vez le encontró el gusto a eso de teñirse la nariz de blanco, a esfumarse después de algún concierto y, en ocasiones, tardar días en reaparecer en el domicilio…

Dichas actitudes sólo generarían tensiones en la pareja, a las que se añadió la auténtica bomba de relojería que supuso el hecho de que otra mujer se cruzara en la vida de Lee, alguien que también andaba metida en la coca, “alguien de su edad con quien jugar”, en palabras de Helen. Abatida por tales acontecimientos, trató de quitarse de en medio ingiriendo veneno. Tras aquel fallido intento de suicidio, la mujer forzó una conversación en la que sugirió a Morgan la conveniencia de su separación, instándole a abandonar el hogar y comunicándole que, de lo contrario, sería ella quien partiría. Confuso y dubitativo con respecto al planteamiento de ruptura, él le rogó que no se marchara, que no le dejara, a lo que ella respondió con un premonitorio: “¿Sabes?, estoy cometiendo el error más grande de mi vida…”. Trataron de sacar a flote la relación, pero el trompetista persistió en su infidelidad y las discusiones no se hicieron esperar.

La última riña tendría lugar durante la madrugada del 19 febrero de 1972. Morgan se encontraba trabajando en un club de Manhattan llamado Slug’s cuando Helen apareció. Tuvieron un breve cruce de palabras tras el que el músico la puso de patitas en la calle y ordenó al portero no dejarla entrar de nuevo. Ella insistió en cruzar el umbral que arruinaría la vida de dos personas, a pesar de los impedimentos del gorila, los cuales cesaron al advertir éste que la mujer portaba un arma en la mano. Lee Morgan dio media vuelta. Se encontraron sus miradas. Ella sólo pudo ver rabia en la de él. Apretó el gatillo y le incrustó en el pecho un pedazo de plomo, dándole muerte inmediata.

Distintas historias circulan sobre los detalles del suceso acaecido aquella noche, las cuales, no por más románticas o sensacionalistas han de ser más creíbles que ésta. Por ejemplo, se cuenta que Morgan se encontraba sobre el escenario, interpretando el último tema de la sesión, cuando recibió el disparo justo en el centro del corazón… Lo relatado aquí se corresponde con la versión de quien apagara la luz de una estrella resplandeciente. Sólo tenía treinta y tres años cuando la mujer que tanto le amaba lo convirtió en otra estrella fugaz de la historia del Jazz.

Edward Lee Morgan escribiría Helen’s Ritual entre 1960 y el año de la publicación del álbum en el que está incluido, ¡Caramba!, de 1968. Está inspirado en la contemplación de Helen More durante los momentos en que se acicalaba, tranquila y prolongadamente, antes de salir de casa. Poco podía imaginar entonces el autor que, unos años más tarde, la misma dama que (probablemente) le salvara la vida al apartarle del polvo, terminaría con ella en unas décimas de segundo.

Salud y brassa!!!

Fuentes:

– McMillan, J. S. (2008). DelightfuLee: The life and music of Lee Morgan. Ann Arbor: University of Michigan Press.

– Thomas, L. R. (2007). “The lady who shot Lee Morgan”. Jazzmen [Online: Retrieved December 2012 from http://www.fyicomminc.com/jazzmen/jazzmennames.htm].

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